martes, 14 de abril de 2015

El rakú africano


Miriam Hidalgo | Los Talleres que venimos haciendo desde hace tiempo están dentro de lo que denominamos el  Oficio del Fuego.

Los trabajos en estos talleres son muy inspiradores, pero no se trata de hacer las cosas por la producción artística (si las cosas salen bonitas bien, pero no es lo primario). Se trata de trabajar con las manos, el cuerpo y la cabeza experimentando cómo las  transformaciones en la materia prima también producen transformaciones en uno mismo, al tiempo que vamos sacando relaciones con lo que nos sucede en el día a día.

Y  así, vamos adquiriendo proporción interna gracias a este trabajo externo, mientras aprendemos:

  • Con Permanencia, desarrollando un plan, sin salirse de lo primario y del plan propuesto, aprendiendo a resolver las dificultades que van surgiendo.
  • Con Pulcritud, de una forma ordenada al hacer las cosas..., con la cabeza ordenada, el ámbito ordenado y siempre en las mejores condiciones para trabajar… e incluso dejándolo mejor que lo hemos encontrado.
  • Con Tono, con atención, de manera reflexiva, intencionando el gusto e interés por lo que estamos haciendo, complementándose con el otro y tratando de estar tranquilo y sin apuro.

Entonces, con este taller queremos llevar piezas de arcilla a cerámica. Es un elemento prehistórico que lo ponemos en el año 2015 con toda la velocidad y el apuro de esta época.


Hay un “choque térmico” porque la velocidad con la que uno anda y la velocidad con que andan los materiales que se cocinan son cosas distintas, hay un choque ahí. Al revés, tienes que regular tu velocidad, a eso se le llama “paciencia”, la regulación de la velocidad. Tiene que ver con esa situación histórica donde esto se hizo en una época en que las cosas eran lentas y al traerlas a esta época se producen estas colisiones. Entonces uno quiere obtener resultados rápidos y vas forzando al material. El material no admite esa cosa tan rápida, se te quiebra, se te rompe y uno no sabe a qué se debe; se debe a tu velocidad, tu tiempo, que no es el tiempo con que trabajan estas cosas. El material tiene su tiempo de secado y su tiempo de cocción, hay que respetar al material.

Así que, con respecto a la cerámica es importante destacar sus características irreversibles, una vez superada la temperatura en el horno de más de  800º C. deja de ser arcilla para transformarse  en cerámica, es decir, nunca más volverá a ser arcilla.

En esta ocasión, si no llegáramos a esa temperatura por falta de tiempo, conseguiríamos arcilla cocida o barro cocido, si éste fuera el caso, está bien, así le vamos tomando la mano, ya está la pieza cocida y en un paso más la meteríamos en el horno, se elevaría más la temperatura y la convertiríamos en cerámica.

Rakú africano. Procedimiento


Se junta mucha leña para la FOGATA de cocción. Un RECIPIENTE con tapa y serrín. Un RECIPIENTE con agua.

Se enciende la fogata (por ejemplo, para unas 20 piezas, una fogata con un diámetro de un metro y medio). Se van distribuyendo las piezas alrededor de la fogata a unos 80 cm de distancia, disponiéndolas  sobre ladrillos para que no absorban la humedad del terreno (las piezas vienen con distintos grados de secado).
Se mantiene viva la fogata, mientras se va girando cada pieza de manera que todas ellas se sequen  uniformemente. Conforme  al secado que se va obteniendo, en determinado momento se pueden acercar las piezas hacia las brasas.

Cuando las piezas estén bien secas, con la ayuda de una pala o pinzas se las coloca  encima de las brasas. Se cubren todas las piezas con palitos y leña liviana para no aplastarlas. A medida que se consuma esa  leña se agrega más (siempre teniendo cuidado de no poner demasiado peso  sobre las piezas) hasta lograr una gran fogata. Cuando las piezas se pongan rojas como las brasas se las deja un tiempo más para que todas lleguen a la misma temperatura.

Con pinzas y guantes se sacan suavemente cada una de las piezas, y se las pone en el recipiente cubriéndolas con el serrín. Se tapa y después de unos minutos, usando pinzas y guantes, se sacan las piezas negras del serrín y se las pone suavemente en el agua. Entre tanto se cuida que las piezas que todavía están en el fuego, queden cubiertas por las brasas. Cuando las piezas sumergidas en el agua se puedan coger con las manos, se procede a limpiarlas y dejarlas secar.

Así que, metes la pieza, metes serrín por todos lados y lo tapas. Entonces en el recipiente, empieza a producirse una combustión de óxido-reducción, sin oxígeno. Se va reduciendo y las piezas empiezan a quedarse de color negro y si uno rompe un pedazo también es negro por dentro, no es una capita ennegrecida, pintada, sino todo negro afuera y adentro. El serrín se quema por la temperatura de las piezas,  porque dentro del recipiente no hay oxígeno, se va quemando lentamente. Cuando uno mete ese serrín en ese recipiente las piezas están a una temperatura de seiscientos a setecientos grados. El objetivo del rakú, sobre todo es, transformar en negro el color de la pieza de cerámica (adentro y afuera).

Esta técnica surgió en Japón, y la diferencia con el rakú africano, es que los japoneses llevan la temperatura en un horno a 900 grados centígrados aproximadamente (depende del esmalte o lustre utilizado, hay piezas que llegan a temperaturas menores y otras a más de 1000 grados).

En el caso del rakú africano, hacemos la cocción en una hoguera abierta (no en un horno) donde la temperatura conseguida está entorno a los 800 grados en las brasas.
Se dice en Japón, que el rakú es una compleja alquimia donde intervienen los cuatro elementos (tierra, fuego, agua y aire) en constante vibración con las personas que trabajan con esta técnica y de la cual resultan piezas únicas, siempre maravillosas.

Es decir, ya que de algún modo, son expresiones de las transformaciones que operan en uno.